Dermatol Rev Mex. 2026; 70 (1): 1-3. https://doi.org/10.24245/dermatolrevmex.v70i1.10942
“Cada persona tiene su propio color”
Haruki Murakami, Los años de peregrinación del chico sin color
Desde pequeña me ha cautivado el poder de las palabras. En los cuentos, ciertas palabras se usaban como conjuros, o se evitaba pronunciar el nombre de alguien para no invocarlo. Como dermatóloga, esa fascinación permanece: tenemos un lenguaje preciso con el que describimos lo que vemos y nos comunicamos eficiente y profesionalmente. Ahora, como persona que vive con vitíligo, no puedo evitar cuestionarme la forma en que describimos esta condición: “manchas acrómicas”- sin color. Como si, al perder melanina, la piel se volviera transparente.
Recordemos que el color de la piel está determinado por tres sustancias: melanina, hemoglobina y carotenos. Si definimos al vitíligo como “pérdida de color” o “piel sin color”, estamos invisibilizando a quienes lo viven. En un mundo donde el color de piel es una construcción social, histórica y simbólica –donde el color no sólo se porta: se hereda, se impone, se interpreta, se estigmatiza y, a veces, se convierte en resistencia–, ¿qué significa decirle a alguien que “no tiene color”?
Una metáfora literaria de esta experiencia puede encontrarse en la novela Los años de peregrinación del chico sin color, de Haruki Murakami. Su protagonista, Tsukuru Tazaki, carece de un “color” simbólico en su nombre, a diferencia de sus amigos, cuyos apellidos aluden a colores específicos. Esa ausencia cromática representa la pérdida de identidad, la sensación de vacío, de haber sido “borrado”. Tsukuru no se siente especial ni necesario, como si su piel –y su ser– fueran invisibles para el mundo.
La exclusión repentina que sufre en la juventud intensifica esa percepción: es apartado del círculo de quienes sí “tienen color”. Lo que sigue es una vida marcada por la duda, la culpa y la desconexión. Pero el viaje que emprende años después, para comprender ese rechazo, se convierte en un camino de recuperación simbólica. Aunque no adquiere un color literal, comprende que ser “sin color” también puede ser una forma de identidad. La carencia aparente puede significar apertura, posibilidad, complejidad. “En lugar de adoptar un solo color, tal vez Tsukuru estaba hecho para ser un espacio que los contuviera todos.”
¿Podemos transformar la narrativa? Gretchen Rubin, experta en felicidad, escribió: “Al cambiar nuestras palabras, podemos cambiar nuestra perspectiva”. Entonces, ¿por qué decir “perdió el color”, cuando podríamos decir: “ahora su piel tiene dos colores: el original y el nuevo”? Es decir, “ganó un color”. La piel con vitíligo puede convertirse en un mundo de posibilidades: un lienzo nuevo, una forma distinta de identidad, el acceso a otra comunidad, un espacio para contener todos los colores que quiera. Recordemos que, en la teoría del color, el blanco puede interpretarse como la suma de todos los colores. Tal vez, entonces, no estamos ante una ausencia, sino ante una plenitud inesperada.
¿Qué pasaría si, al dar un diagnóstico de vitíligo, habláramos de transformación en lugar de pérdida? Si reconociéramos en esa piel dos tonos que conviven, dialogan y se redefinen mutuamente, tal vez entonces dejaríamos de ver ausencia, y empezaríamos a ver posibilidad.
Hablando del poder de las palabras, existe un concepto de la filosofía budista que ilustra esto de forma bella y profunda: Sūnyatā (शून्यता). Suele traducirse como “vacío”, pero no se refiere a inexistencia ni a carencia, sino a apertura, interdependencia, conexión y potencialidad. Es un espacio vivo donde lo nuevo puede surgir; la cualidad de aquello que no está fijado ni determinado, lo que permite que todo exista y cambie. En términos filosóficos, reconoce que todo está en flujo y transformación. En términos poéticos, es la posibilidad misma. Sūnyatā es, justamente, una palabra ancestral que deshace definiciones rígidas y abre espacio para nombrar lo que no cabe en ningún molde.
Si algo sabemos del vitíligo es precisamente eso: su naturaleza impredecible e impermanente. Puede activarse, repigmentar o despigmentar en cualquier momento. No hay estado final, no hay cierre, no hay forma definitiva: es potencialidad y posibilidad permanente. Su comportamiento encarna Sūnyatā: apertura, flujo y cambio.
La piel no desaparece, no se borra, no se pierde: se reinventa. En ese nuevo dibujo, como en los cuentos que tanto me gustaban de niña, hay magia, identidad y también un conjuro: mirar la piel con los ojos de Sūnyatā y entender que lo que parece hueco es un territorio vivo donde la historia continúa.
“Each person has their own color”
Haruki Murakami, Colorless Tsukuru Tazaki and His Years of Pilgrimage
Since I was a child, I’ve been captivated by the power of words. In stories, certain words were used like spells, or names were left unspoken to avoid summoning someone. As a dermatologist, that fascination remains. We use a precise language that allows us to describe what we see and communicate clearly, efficiently, and professionally. Now, as a person living with vitiligo, I can’t help but question the way we describe this condition: “achromic patches” – no color. As if, by losing melanin, the skin somehow became transparent.
Let’s remember that skin color is determined by three substances: melanin, hemoglobin, and carotenoids. When we define vitiligo as a “loss of color” or as “colorless skin,” we risk making the people who live with it invisible. In a world where skin color is a social, historical, and symbolic construct –where color is not only worn, but also inherited, imposed, interpreted, stigmatized, and sometimes reclaimed as resistance– what does it mean to tell someone they “have no color”?
A literary metaphor for this experience can be found in Haruki Murakami’s novel Colorless Tsukuru Tazaki and His Years of Pilgrimage. Its protagonist, Tsukuru Tazaki, lacks a symbolic “color” in his name, unlike his friends, whose surnames each contain a specific color. This absence represents a loss of identity, a sense of emptiness and exclusion. Tsukuru doesn’t feel special or needed, as if his skin –and his self– were invisible to the world.
The sudden rejection he experiences in his youth deepens that feeling. He is cast out from the circle of those who do “have color.” What follows is a life marked by doubt, guilt, and disconnection. But years later, the journey he undertakes to understand that rejection becomes a symbolic path of healing. Although he never gains a literal color, he comes to understand that being “colorless” can also be a form of identity. What appears to be absence may actually be openness, possibility, complexity. “Instead of adopting a single color, perhaps Tsukuru was made to be a place that could contain them all.”
Can we transform the narrative? Gretchen Rubin, an expert on happiness, once wrote: “By changing our words, we can change our perspective.” So why say “you’ve lost your color” when we could say: “now your skin has two colors–the original one and the new one”? In other words, “you gained a color.” Skin with vitiligo can become a world of possibilities: a new canvas, a different form of identity, access to another community, a space capable of holding all the colors. Let us remember that in color theory, white can be interpreted as the sum of all colors. Perhaps, we are not witnessing an absence but an unexpected abundance.
What would happen if, when giving a diagnosis of vitiligo, we spoke of transformation instead of loss? If we recognized in that skin two tones that coexist, converse, and redefine one another, we would stop seeing absence and begin to see possibility.
Buddhist philosophy offers a word that opens this idea even further: Sūnyatā (शून्यता). It is often translated as “emptiness,” but it does not refer to nonexistence or absence; rather, it means openness, interdependence, connection, and potentiality. It is a living space where new possibilities can emerge, a quality of whatever is not fixed or predetermined, the condition that allows everything to exist and to change. Philosophically, it recognizes that everything is continually unfolding and transforming. Poetically, it is possibility itself. Sūnyatā is an ancestral word that dissolves rigid definitions and creates space to name what does not fit into any fixed form.
If we know anything about vitiligo, it is precisely its unpredictable and impermanent nature. It may activate, repigment, or depigment at any moment. There is no final state, no closure, no definitive form: it is permanent potentiality and possibility. Its behavior embodies Sūnyatā: openness and continual change.
The skin does not disappear, erase itself, or fade away: it reinvents itself. In this new renewed form, as in the stories I loved as a child, there is magic, identity, and also a spell: to look at the skin through the eyes of Sūnyatā, and to understand that what seems like absence is in fact a living territory where the story continues.
Karen Férez
Dermatóloga e internista. Práctica privada.
Presidenta de la Fundación Mexicana de Vitíligo y Enfermedades de la Piel

